Thursday, May 24, 2007

Juan Manuel Escamilla: ¿Por qué los grandes hombres son propensos a la depresión?


http://karamazovi.blogspot.com

Estimado José Manuel, fusilando eso del problema 30 de Aristóteles que siempre dice Zagal en Introducción, más o menos cuando tenía tu edad (¿hace 3 años?) escribí el siguiente cuasi ensayo.
Probablemente hacía lo que muchos estudiantes de filosofía, me inspiraba leyendo Rayuela y luego trataba de justificar mis intuiciones con argumentos filosóficos. Lástima que dejé de hacer eso. Ahora no redacto ensayos ingenuos sino exámenes de primera y segunda vuelta.

Mini Ensayo sobre la Melancolía:

“En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar”, dice Cioran en Silogismos de Amargura. En el problema XXX atribuido a Aristóteles surge la pregunta:

“¿Por qué todos los que han sobresalido en filosofía, la política, la poesía o las artes eran manifiestamente melancólicos, y algunos hasta el punto de padecer ataques causados por la bilis negra, como se dice de Heracles en los [mitos] heroicos?".

Partiendo de que la autoría en efecto se deba a Aristóteles, parece adecuado esbozar como respuesta este pasaje de la ética Eudemia:

“Este privilegio sólo pertenece al elemento divino que hay en nosotros; él es el que ve claramente lo que debe ser, lo que es, y todo lo que queda aún obscuro para nuestra razón impotente. Por este motivo, los melancólicos tienen visiones y sueños tan precisos. Una vez que la razón ha desaparecido en ellos, aquel principio parece tomar más fuerza; sucediendo lo que con los ciegos, cuya memoria, en general, es mucho mejor, porque están libres de todas las distracciones que causan las percepciones de la vista "

Cabe señalar que tanto Aristóteles como Hipócrates entendían por melancolía una condición que tendría como resultado la oscilación entre la euforia y la depresión, ambos atribuían la causa a la bilis negra (significado literal de melncolía), que es lo que podríamos identificar con trastorno maniacodepresivo, o de acuerdo a algunos especialistas con el trastorno bipolar. Posteriormente el término “melancolía” toma la acepción que nos es conocida, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española:

“Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.”

Mientras que Aristóteles relaciona la melancolía con los efectos producidos por el vino, y encontramos en su significado antiguo connotaciones dionisiacas, vemos que la palabra termina por inclinarse a describir la apatía de los periodos de tristeza que sufre aquél supuestamente afectado por la bilis negra. Pero este cambio de significado en el término es superficial, pues estudios contemporáneos de psiquiatría consideran a la euforia ocasional un síntoma de la depresión, e incluso un artículo de hace poco más de 10 años las llama “dos caras de la misma moneda”, con lo cual vemos que el concepto ha conservado al menos un mínimo de identidad que nos permite una comparación histórica. Resuelta esta cuestión continúo mi exposición.
Parece ser que la consideración de la melancolía a lo largo de la historia tiende a ser ambivalente, encontramos desde el problema XXX un reconocimiento de su carácter patológico, al mismo tiempo que un ensalzamiento que queda patente en la cita de la Ética Eudemia que leí hace un momento. Dice Kant en “Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime”:

"Aquel cuyas emociones le inclinan a la melancolía no tiene ese nombre porque se sienta afligido por depresión sombría al verse despojado de las alegrías de la vida, sino porque su sensibilidad, afinada por encima de determinado nivel, o mal dirigida por alguna razón, alcanza ese estado con mayor facilidad que ningún otro. En particular, tiene el sentido de lo sublime…Todas las sensaciones de lo sublime poseen para él una mayor fascinación que los encantos efímeros de lo bello…Tiene un convencimiento profundo de la nobleza de la naturaleza humana…no tolera la sumisión vil, antes bien respira libertad en un pecho noble…Es juez severo de sí mismo y los demás; y no pocas veces se hastía de sí mismo y del mundo" .

Lo anterior señalado por Kant puede leerse como una glosa al dictum latino “beati pauperes spirituu”, donde como en el aforismo de Cioran, la ausencia de melancolía se asocia con la procacidad del hombre que no escapa de lo cotidiano. Puede leerse en otro de los silogismos de amargura:

“En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.”

Sin embargo, en todas las referencias que he presentado no hay una consideración del melancólico que lo muestre como discontinuo del resto de los hombres, sino como dotado de una mayor sensibilidad y por tanto una mayor capacidad de tener una videncia lúcida de sí mismo y en general del universo. (“un optimista es un pesimista mal informado”).
La diferencia entre los melancólicos sobresalientes de Aristóteles junto con los melancólicos de Kant que ya esbozan la conciencia romántica, frente al hombre común puede bien ser una cuestión meramente de contextos. Kierkegaard, que considera a la pena como originaria, en su análisis del papel del poeta utiliza como analogía el toro de Falaris, una figura metálica que construyó el tirano del mismo nombre, gobernante de Agrakas del siglo VI. A.C., en la cual las personas eran quemadas vivas y los alaridos de las víctimas salían por el hocico del animal produciendo la ilusión de que mugía. Kierkegaard dota al poeta de esta capacidad para comunicar su sufrimiento de modo que los demás al escucharlo puedan deleitarse, “y así debe ser según las reglas de la Estética”. Como se ve aquí y en otros pasajes de la obra kierkergaardiana, la pena no es exclusiva del poeta, sino tan sólo la capacidad de expresarla estéticamente. Una vez que se reflexiona sobre la pena, se convierte en angustia.
A partir de Kierkegaard comienza a consolidarse una tradición filosófica que considera a la angustia como elemento indisociable de la constitución antropológica, resultando en nuestros días en términos obscenos como “soledad ontológica” que empiezan a ser parte del léxico de la mente media gracias a divulgadores como Saramago.
Sin embargo me parece interesante mencionar a Jaspers como caso aparte. Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo, en ocasiones deja de considerar a la angustia dentro del campo de la psicopatología, afirmando que la encuentra también en los pacientes sanos, y postula una angustia radical. Cito otro silogismos de amargura:

“Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.”

La concepción de la melancolía a través de su paso por la historia termina por quedar vertida en una disyunción presente en nuestros días. O bien terminamos hablando de la “soledad ontológica” o del “error de occidente”, que el mismo Cioran llama “un futuro sin posibilidad”.
El tema no es fácil. De algún modo utilicé a Emil Cioran como hilo conductor debido a que la obra citada evoca con su título una reflexión filosófica y al mismo tiempo una temática que pasó de ser marginal a convertirse en el centro de la discusión filosófica en el existencialismo, en donde finalmente terminó por desgastarse en charlas de café.



Burp.

P.S. ¿Por qué me escribes un mail diciendo que no contesté tu pregunta sobre el amor y Don Gato? Ese post lo puse hace semanas...

3 comments:

Garcín Altoalcázar said...

Ya veo que no en vano dice el Eclesiastés del conocimiento que produce aflicción.

Sobre tu pregunta, porque soy distraído, supongo.

Justo Medio said...

A mí me sigue intrigando la foto de Escamilla. Parece que está volando y que dará una patada como un Caballero del Zodiaco o parará un balón como Benji Price.

Miguel Tormentas said...

el eclesiastés es la versión ante literam de dust in the wind